EditorialNacional

“Dios me puso en mi mente que no viniera a trabajar”

Vendedor de cocos se salvó de milagro de la explosión en Mejicanos.
Vecinos de la San Antonio decían que el vendedor de cocos había muerto, pero ese día, como no es usual, decidió ir a pasear.

“Ahorita que venía pasándome la calle al Volcán, me decía alguien: «ahí viene el muerto» nombre, yo estoy vivo, gracias a mi Dios, él me guardó, él me puso en mi mente que no viniera a trabajar porque él sabía lo que iba a pasar”, respondió el sábado Marcos Ramos, de 58 años de edad, cuando se le preguntó cómo fue que el viernes no se encontraba vendiendo cocos cerca de la venta de gas, como acostumbra cada día.

Muy satisfecho de la protección que había recibido desde el cielo, Ramos reafirmó que él era un hijo de Dios y que él lo había guardado. “Porque yo me encomiendo a Dios y trabajo para él y Dios a los suyos los cuida aquí y adonde quiera”, dice en tono convincente.

El vendedor de cocos, como se le conoce en la colonia San Antonio, dijo que su jornada de trabajo es “de lunes a domingo y de domingo a lunes (de 6:00 a.m. a 4:00 p.m.)”, para decir que siempre está en su puesto de venta, situado a tan solo cinco metros del negocio donde se dio la explosión el viernes por la mañana.

Pero, ¿qué hizo que don Marcos no llegara a vender el viernes como suele hacerlo siempre?

“Me dio ganas de irme a bañar al turicentro Ichanmichen, en Zacatecoluca, La Paz. Entonces yo le dije a mi esposa y mis hijas: vamos a irnos a bañar y este viernes lo dedico para mí”, relató el pequeño comerciante.

Y así, salió rumbo a Ichanmichen junto a nueve miembros de la familia. “La pasamos muy bien en el balneario, renté un carro y fuimos felices de aquí para allá y regresamos igual; con la sorpresa que cuando regresamos nos decían: ¡ay va, ay va, no está muerto! Y yo decía ‘qué pasa Dios mío’… me cayeron como 50 llamadas allá en el balneario”, asegura Marcos.

¿Eso de salir a pasear es frecuente?, se le pregunta. “No. Ayer (viernes) se me ocurrió como una vez al año. Dios me apartó de aquí porque sabía lo que iba a pasar”, insiste Marcos, quien el sábado ya estaba en su puesto ganándose la vida con la venta de cocos.

“Esa explosión tiene a mi esposa en silla de ruedas”
En 45 años de residir sobre la calle al Volcán, en la colonia San Antonio, contiguo al negocio donde el viernes se registró la explosión de gas, Carmelo Martínez asegura que nunca, ni siquiera en la guerra que experimentó El Salvador ni en los terremotos, ha sufrido las consecuencias como las del viernes anterior.

Carmelo afirmó este sábado que se le dañó casi la totalidad del techo de su casa; las paredes están reventadas, los ventanales quebrados y lo que es peor, su esposa, quien se hallaba en casa a la hora del accidente, resultó lesionada debido a la onda expansiva, las esquirlas de los vidrios hirieron su cuerpo, y la han dejado de momento postrada en una silla de rueda.

“Mi esposa estaba bien, pero esa explosión la tiene en silla de ruedas”, lamenta Carmelo, quien asegura que ya se encontraba en su trabajo cuando supo de lo ocurrido. Tras la mala noticia, pidió permiso a su jefe y salió a casa a ver qué había pasado. Al llegar, no lo dejaron pasar pues la zona estaba acordonada; sin embargo, le informaron que su esposa había sido trasladada a un hospital del Seguro Social, tras haber sido alcanzada por la explosión.

Por fortuna, la señora fue dada de alta en horas de la tarde del viernes pero al regresar, a las 6:00 de la tarde, luego de que se levantó la emergencia, se encontró con su casa en ruinas.

Valuadores de una aseguradora llegaron ayer a inspeccionar su casa y determinaron que los daños ocasionados estaban calculados en $8,400, una suma de dinero para la cual no estaba preparado para afrontar, dijo Carmelo. “Son gastos innecesarios que nos esperan, no están en proyecto ni preparados para la muerte”, afirmó el residente, muy molesto por lo sucedido.

Al final de cuentas, estos hechos dejan lecciones pero para don Carmelo. “No queda más que lamentar, más que prevenirlos para que no vuelvan a ocurrir. La experiencia que nos queda es jamás permitir un negocio así, ni negocio que ocasione daños. Esto era una bomba de tiempo pero nadie hace caso”, se quejó.

Tapicería, una de las estructuras dañadas.
“Fue un momento fatal, se sintió como que la tierra se levantó, el tambo rompió el portón de metal del negocio y fue a caer en el microbús donde la muchacha vendía dulces“, narra Jorge Alberto Alvarado lo que vivió la mañana del viernes.

Alvarado tiene dos años de laborar en una tapicería que está a pocos metros del negocio donde se registró la explosión. Asegura que recién iniciaban sus labores, acababa sacar unos muebles que repararían, pero tuvieron que suspender labores, pues por su seguridad las autoridades pidieron que desalojaran el sector.

Al igual que don Carmelo, el propietario de la tapicería pide que le reparen el techo, ya que la explosión se lo dañó. Alvarado dice que nunca había vivido una experiencia de esa magnitud.

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